Sean Verídicos

Sean verídicos, Shakespeare dijo: “Sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie” (Hamlet, Acto primero, escena III). Tienen ustedes una herencia tremenda; tienen un grandioso origen de nobles ancestros. Muchos de ustedes son descendientes de los cientos y miles de pioneros que dieron su vida en testimonio de la verdad de esta obra. Si ellos les miraran ahora, les harían esta súplica: “Sean verídicos; sean leales. ‘Firmes creced en la fe que guardamos; por la verdad y justicia luchamos’ ”. Ellos dirían hoy: “Fe de nuestros padres, fe santa; fieles seremos hasta la muerte”. (Véanse Himnos, 166; Hymns, 84).

Y aquellos de ustedes que no tengan ascendencia pionera, ustedes pertenecen a una Iglesia que se ha fortalecido mediante la lealtad y el inquebrantable afecto de sus miembros a través de las generaciones. Qué maravilloso es pertenecer a una sociedad cuyos propósitos son nobles, cuyos logros son inmensos, cuya obra es edificante, incluso heroica. Sean leales a la Iglesia bajo toda circunstancia. Les hago la promesa de que las autoridades de esta Iglesia nunca les llevarán por el mal camino. Les llevarán por los senderos de la felicidad.

Ustedes, los que son miembros de esta Iglesia, deben ser leales a ella. Ésta es la iglesia de ustedes. Ustedes tienen tanta responsabilidad en su esfera de actividad como yo la tengo en la mía. Les pertenece a ustedes como me pertenece a mí.  Sean veridicos ustedes han abrazado su Evangelio; han tomado sobre ustedes mismos un convenio en las aguas del bautismo, el cual han renovado cada vez que han participado de la Santa Cena. Se agregarán más convenios cuando se casen en el templo; no los tomen a la ligera; son sumamente grandiosos. Ésta es la obra misma de Dios diseñada para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos e hijas.

Anden con fe ante Él con la cabeza en alto, orgullosos de ser miembros de esta gran causa y reino que Él ha restaurado en la tierra en ésta, la última dispensación del cumplimiento de los tiempos. ¿Para qué? Para traerles la felicidad.

Sean verídicos a sus propias convicciones; ustedes saben lo que es lo correcto y lo que no lo es; ustedes saben cuando están haciendo lo correcto; saben cuando están dando de su fuerza a esta causa justa. Sean leales. Sean fieles. Sean verídicos, mis amados colegas en este gran reino.

Fragmento del discurso de Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, enero de 2001, pág. 2)

Sean Limpios

Vivimos en un mundo que está lleno de inmundicia y sordidez, un mundo que tiene todo el hedor de la maldad. Está por todos lados: en la pantalla de la televisión, en el cine, en la literatura popular, en  Internet. No se pueden arriesgar a verla, mis queridos amigos; no pueden permitir que ese veneno asqueroso les toque; manténganse alejados de él; evítenlo. No alquilen esos videos ni se expongan a las cosas degradantes que exhiben. Ustedes, los jóvenes que poseen el sacerdocio de Dios, no pueden mezclar esa inmundicia con el santo sacerdocio, sean limpios.

Eviten el hablar depravado; no tomen el nombre del Señor en vano. De los estruendos del Sinaí, el dedo del Señor escribió sobre las tablas de piedra: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Éxodo 20:7).

No es un signo de hombría el usar en vano y a la ligera el nombre del Todopoderoso o el de Su Hijo Amado, como muchos suelen hacerlo.

Elijan a sus amigos con detenimiento; son ellos los que los llevarán en una dirección u otra. Todos desean tener amigos; todos necesitan amigos, y a nadie le gusta estar sin ellos. Pero nunca pierdan de vista el hecho de que son sus amigos los que los llevarán por los senderos que habrán de seguir.

Aunque deben ser amigables con todas las personas, seleccionen con mucho cuidado a aquellos que deseen tener cerca de ustedes; ellos les salvarán en situaciones donde ustedes tengan dudas para tomar una decisión, y ustedes harán lo mismo por ellos.

Sean limpios. No desperdicien su tiempo en diversiones destructivas. Hace poco se llevó a cabo en el valle de Salt Lake un espectáculo con una banda ambulante. Me contaron que fue aborrecible, lujuriosa y diabólica en todos los aspectos. Los jóvenes de esta comunidad pagaron entre $25 y $35 dólares por entrada. ¿Qué recibieron a cambio de ese dinero? Únicamente una voz seductora urgiéndoles a llevarlos en dirección de las cosas sórdidas de la vida. Les suplico, mis amigos, que se mantengan alejados de esas cosas; no les será de provecho; sólo les hará daño.

Recientemente les hablé a sus madres y a sus padres. Entre otras cosas, les hablé acerca de los tatuajes.

¿Qué otra creación es más maravillosa que el cuerpo humano? Cuán asombrosa es como la obra culminante del Todopoderoso.

Pablo, al dirigirse a los Corintios, dijo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

“Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17).

¿Pensaron alguna vez que su cuerpo es sagrado? Son hijos de Dios; el cuerpo de ustedes es la creación de Él. ¿Desfigurarían esa creación con representaciones de personas, animales y palabras?

Les prometo que llegará el día, si ustedes llevan tatuajes, en que se arrepentirán de sus acciones. No se pueden quitar con agua; son permanentes. Únicamente se pueden quitar mediante un proceso costoso y doloroso. Si llevan un tatuaje, probablemente lo lleven consigo por el resto de sus vidas. Llegará el día en que se convertirá en algo vergonzoso para ustedes. Evítenlo. Nosotros, como sus Hermanos que les aman, les suplicamos que no se vuelvan tan irreverentes con el cuerpo que el Señor les ha dado.

Quisiera mencionar aretes y anillos que se colocan en otras partes del cuerpo. Éstos no son varoniles; no son atractivos. Ustedes, jovencitos, se ven mejor sin ellos, y creo que se sentirán mejor sin ellos. En cuanto a las jovencitas, no es necesario que se coloquen aretes de arriba a abajo de las orejas; un modesto par de aretes es suficiente.

Menciono estas cosas porque también tienen que ver con sus cuerpos.

¡Qué verdaderamente bella es la jovencita bien arreglada que es limpia en cuerpo y mente! Ella es una hija de Dios de quien su Padre Eterno se siente orgulloso. ¡Qué apuesto es el jovencito bien arreglado! Él es un hijo de Dios, considerado digno de poseer el santo sacerdocio de Dios; no necesita tener tatuajes o aretes en ninguna parte de su cuerpo o dentro de él. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce están unidos en impartir consejo en contra de estas cosas.

Y al hablar en cuanto a estos asuntos, deseo volver a hacer hincapié en el asunto de la pornografía. Se ha convertido en una industria de 10 mil millones de dólares en los Estados Unidos, donde un puñado de hombres se enriquece a expensas de miles y miles, quienes son sus víctimas. Aléjense de ella; es excitante, pero les destruirá; les distorsionará los sentidos; despertará en ustedes un apetito que les hará hacer cualquier cosa para satisfacerlo; y no intenten entablar asociaciones a través de Internet y de los cuartos de “chat”, ya que pueden conducirlos al abismo preciso del pesar y de la amargura.

Debo también decir algo sobre las drogas ilícitas. Ustedes saben lo que pienso en cuanto a ello. No me importa la variedad que exista: éstas les destruirán; ustedes se convertirán en sus esclavos. Una vez que estén en su poder, harán cualquier cosa para conseguir el dinero para comprar más.

Me quedé azorado al ver un programa de televisión y me enteré que en el 20 por ciento de los casos, los padres enseñaron a los hijos a usar drogas. No entiendo la insensatez de esos padres. ¿Qué futuro, aparte de la esclavitud de sus hijos, podrían ver en ellas? Las drogas ilegales destruirán totalmente a aquellos que se hagan adictos a ellas.

Mi consejo, mi súplica para ustedes maravillosos jóvenes y jovencitas, es que se mantengan completamente alejados de ellas. No tienen que experimentar con las drogas. Miren a su alrededor y vean los efectos que han tenido en otras personas. No hay necesidad de que ningún niño o niña Santo de los Últimos Días, o jovencito o jovencita, siquiera intente probarlas. Consérvense limpios de estas adicciones que alteran la mente y crean hábito.

Y ahora, en cuanto al problema más común y más difícil de todos que ustedes, jovencitos y jovencitas, tienen que afrontar: es la relación que tienen unos con otros; trata con el más poderoso de los instintos humanos. Tal vez sólo la voluntad de vivir sea más grande que él.

El Señor ha hecho que seamos atractivos los unos para los otros para un gran propósito, pero esa misma atracción se convierte en un barril de pólvora a menos que se mantenga bajo control. Es bello cuando se trata de la manera correcta; es mortífero si no se sabe controlar.

Es por esa razón que la Iglesia aconseja en contra del noviazgo a temprana edad. Esta regla no tiene por objeto hacerles ningún daño; tiene por objeto ayudarles, y lo hará si la observan.

El noviazgo formal a temprana edad muy a menudo lleva a la tragedia; los estudios han demostrado que cuanto más tiempo salgan juntos un joven y una jovencita, aumenta la probabilidad de que se metan en problemas.

Mis amigos, es mejor salir con una variedad de compañeros hasta que se esté listo para casarse. Diviértanse, pero aléjense del exceso de confianza. Mantengan sus manos bajo control; tal vez no sea fácil, pero es posible.

Ustedes, los jóvenes que tienen pensado salir en una misión, deben reconocer que el pecado sexual quizás les prive de esa oportunidad. Tal vez piensen que pueden ocultarlo, pero la larga experiencia ha demostrado que no se puede. Para servir una misión eficaz deben tener consigo el Espíritu del Señor, y la verdad que se oculta no está en armonía con ese Espíritu. Tarde o temprano sentirán la obligación de confesar sus transgresiones anteriores. Muy bien lo expresó Sir Galahad: “Mi fortaleza es como la fortaleza de diez, porque mi corazón es puro” (Traducción libre, Alfred, Lord Tennyson, Sir Galahad, 1842, estrofa 1).

Mis queridos jóvenes amigos, en asuntos del sexo ustedes saben lo que es lo correcto; ustedes saben cuando están caminando por terreno peligroso, cuando es demasiado fácil vacilar y resbalar al foso de la transgresión. Les imploro que tengan cuidado, que permanezcan a una distancia segura del abismo del pecado al cual es tan fácil caer. Manténganse limpios de la tenebrosa y desilusionante maldad de la transgresión sexual. Anden a la luz de esa paz que se logra al obedecer los mandamientos del Señor.

Ahora, si hubiera alguien que haya cruzado la línea, que ya haya transgredido, ¿hay alguna esperanza para él o ella? Por supuesto que sí. Si existe el verdadero arrepentimiento, habrá perdón. El proceso comienza con la oración. El Señor ha dicho: “Quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no lo recuerdo más” (D. y C. 58:42). Compartan sus cargas con sus padres si pueden; y por favor, confiésense con el obispo que está deseoso de ayudarles.

Fragmento del discurso de Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, enero de 2001, pág. 2)

Sean Inteligentes

 

Ustedes están entrando en la era más competitiva que jamás haya existido; todo a su  alrededor es la competencia. Ustedes necesitan toda la educación posible. Sacrifiquen la compra de un auto, sacrifiquen cualquier cosa a fin de que ello les habilite para desempeñar el trabajo del mundo. En gran parte, ese mundo les pagará lo que considera que valen, y el valor de ustedes aumentará a medida que obtengan estudios y sean proficientes en el campo seleccionado sean inteligentes.

Pertenecen a una Iglesia que enseña la importancia de la educación académica; han recibido el mandamiento del Señor de educar sus mentes, sus corazones y sus manos. El Señor ha dicho: “Enseñaos diligentemente… de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos, a fin de que estéis preparados en todas las cosas” (D. y C. 88:78–80).

Que conste que éstas no son mis palabras; son las palabras del Señor que les ama. Él desea que capaciten sus mentes y sean inteligentes y sus manos para que lleguen a ser una influencia para bien al seguir adelante con su vida. Y al hacerlo, al desempeñar sus tareas honorablemente y con excelencia, traerán honor a la Iglesia, ya que se les considerará hombres o mujeres de integridad, de habilidad y que hacen un trabajo de calidad. Sean inteligentes; no sean insensatos. Ustedes no pueden timar o engañar a los demás sin engañarse a ustedes mismos.

Hace muchos años trabajé en Denver, en las oficinas centrales del ferrocarril, y era el encargado de tráfico de destino. Era en la época en que todos viajaban por tren. Un día recibí una llamada de mi homólogo en Newark, Nueva Jersey, quien dijo: “El tren número tal y cual ha llegado, pero no viene el furgón del equipaje. En alguna parte, 300 pasajeros han perdido sus maletas y están enfadados”.

De inmediato me dispuse a indagar dónde habría ido a parar. Descubrí que había sido cargado y debidamente conectado en Oakland, California; lo habían movido al ferrocarril de Salt Lake City, luego a Denver, a Pueblo, más tarde a otra línea y trasladado a St. Louis. De ahí, otro ferrocarril lo llevaría a Newark, Nueva Jersey, pero un descuidado operador de los depósitos de St. Louis movió una pequeña pieza de acero tan sólo 7,5 centímetros, en un punto de cambio de vía, luego tiró de la palanca para desconectar el furgón. Descubrimos que un furgón de equipaje que debía estar en Newark, Nueva Jersey, había ido a parar a Nueva Orleans, Luisiana, a dos mil cuatrocientos kilómetros de su destino. El movimiento de sólo 7,5 centímetros que había hecho un empleado descuidado en el depósito de St. Louis había puesto el furgón en la vía equivocada y la distancia a su verdadero destino aumentó de manera radical. Lo mismo ocurre en nuestras vidas. En vez de seguir una ruta constante, una idea errónea nos tira en otra dirección. El movimiento que nos aleja de nuestro destino original puede ser muy pequeño, pero si se sigue, se convierte en una gran brecha y nos encontramos lejos de donde teníamos pensado llegar.

¿Han visto alguna vez uno de esos portones de granja de 5 metros? Cuando se abre, gira muy ampliamente. El movimiento en el extremo de las bisagras es muy leve, mientras que en el perímetro exterior el movimiento es inmenso. Mis queridos jóvenes amigos, son las cosas pequeñas sobre las que gira la vida lo que surte el mayor efecto en nuestra vida.

Sean inteligentes. El Señor desea que eduquen su mente y sus manos. Cualesquiera sea el campo que elijan, ya sea reparando refrigeradores, o el trabajo de un diestro cirujano, deben capacitarse. Procuren la mejor educación posible; conviértanse en obreros de integridad en el mundo que yace adelante. Repito, ustedes traerán honor a la Iglesia y serán  generosamente bendecidos debido a esa capacitación.

No hay duda, ninguna en lo absoluto, de que estudiar vale la pena. No arruinen su vida con atajos, mis queridos jóvenes amigos; si lo hacen, lo pagarán una, y otra y otra vez.

Fragmento del discurso de Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, enero de 2001, pág. 2)

Sean Agradecidos

Sean agradecidos. En el idioma inglés hay dos términos pequeños que quizás encierren mayor significado que todos los demás términos de ese idioma, estos son “thank you” y cuyo equivalente se encuentra en casi todos los idiomas como, por ejemplo, gracias, merci, danke, obrigado, domo.

El hábito de decir gracias es la característica de un hombre o de una mujer educados. ¿Con quiénes no está complacido el Señor? Él menciona a aquellos que no confiesan Su mano en todas las cosas (véase D. y C. 59:21). Eso es, los que andan sin una expresión de gratitud. Mis queridos amigos, anden con gratitud en su corazón; estén agradecidos por las maravillosas bendiciones que poseen; estén agradecidos por las tremendas oportunidades que tienen; estén agradecidos a sus padres quienes se preocupan tanto por ustedes y quienes han trabajado tanto para sostenerles. Háganles saber que están agradecidos; den las gracias a su madre y a su padre; den las gracias a sus amigos; den las gracias a sus maestros; expresen agradecimiento a quienquiera les haga un favor o les ayude de cualquier modo.

Den gracias al Señor por Su bondad hacia ustedes. Den las gracias al Todopoderoso por Su Hijo Amado, Jesucristo, quien ha hecho por ustedes lo que ningún otro en este mundo podría hacer. Agradézcanle Su gran ejemplo, Sus grandiosas enseñanzas, Su mano extendida para elevar y ayudar. Reflexionen en el significado de Su Expiación. Lean en cuanto a Él y lean Sus palabras en el Nuevo Testamento y en 3 Nefi en el Libro de Mormón. Léanlas en silencio y luego mediten en ellas. Expresen a su Padre Celestial su profunda gratitud por el don de Su Hijo Amado.

Sean agradecidos al Señor por Su maravillosa Iglesia restaurada en esta grandiosa época de la historia. Denle las gracias por todo lo que la Iglesia les ofrece; denle las gracias por amigos y seres queridos, por padres y hermanos y hermanas, por la familia. Permitan que un espíritu de agradecimiento guíe y bendiga sus días y sus noches. Llévenlo a la práctica; descubrirán que cosecharán maravillosos resultados.

Fragmento del discurso de Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, enero de 2001, pág. 2)