Sean Inteligentes

 

Ustedes están entrando en la era más competitiva que jamás haya existido; todo a su  alrededor es la competencia. Ustedes necesitan toda la educación posible. Sacrifiquen la compra de un auto, sacrifiquen cualquier cosa a fin de que ello les habilite para desempeñar el trabajo del mundo. En gran parte, ese mundo les pagará lo que considera que valen, y el valor de ustedes aumentará a medida que obtengan estudios y sean proficientes en el campo seleccionado sean inteligentes.

Pertenecen a una Iglesia que enseña la importancia de la educación académica; han recibido el mandamiento del Señor de educar sus mentes, sus corazones y sus manos. El Señor ha dicho: “Enseñaos diligentemente… de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos, a fin de que estéis preparados en todas las cosas” (D. y C. 88:78–80).

Que conste que éstas no son mis palabras; son las palabras del Señor que les ama. Él desea que capaciten sus mentes y sean inteligentes y sus manos para que lleguen a ser una influencia para bien al seguir adelante con su vida. Y al hacerlo, al desempeñar sus tareas honorablemente y con excelencia, traerán honor a la Iglesia, ya que se les considerará hombres o mujeres de integridad, de habilidad y que hacen un trabajo de calidad. Sean inteligentes; no sean insensatos. Ustedes no pueden timar o engañar a los demás sin engañarse a ustedes mismos.

Hace muchos años trabajé en Denver, en las oficinas centrales del ferrocarril, y era el encargado de tráfico de destino. Era en la época en que todos viajaban por tren. Un día recibí una llamada de mi homólogo en Newark, Nueva Jersey, quien dijo: “El tren número tal y cual ha llegado, pero no viene el furgón del equipaje. En alguna parte, 300 pasajeros han perdido sus maletas y están enfadados”.

De inmediato me dispuse a indagar dónde habría ido a parar. Descubrí que había sido cargado y debidamente conectado en Oakland, California; lo habían movido al ferrocarril de Salt Lake City, luego a Denver, a Pueblo, más tarde a otra línea y trasladado a St. Louis. De ahí, otro ferrocarril lo llevaría a Newark, Nueva Jersey, pero un descuidado operador de los depósitos de St. Louis movió una pequeña pieza de acero tan sólo 7,5 centímetros, en un punto de cambio de vía, luego tiró de la palanca para desconectar el furgón. Descubrimos que un furgón de equipaje que debía estar en Newark, Nueva Jersey, había ido a parar a Nueva Orleans, Luisiana, a dos mil cuatrocientos kilómetros de su destino. El movimiento de sólo 7,5 centímetros que había hecho un empleado descuidado en el depósito de St. Louis había puesto el furgón en la vía equivocada y la distancia a su verdadero destino aumentó de manera radical. Lo mismo ocurre en nuestras vidas. En vez de seguir una ruta constante, una idea errónea nos tira en otra dirección. El movimiento que nos aleja de nuestro destino original puede ser muy pequeño, pero si se sigue, se convierte en una gran brecha y nos encontramos lejos de donde teníamos pensado llegar.

¿Han visto alguna vez uno de esos portones de granja de 5 metros? Cuando se abre, gira muy ampliamente. El movimiento en el extremo de las bisagras es muy leve, mientras que en el perímetro exterior el movimiento es inmenso. Mis queridos jóvenes amigos, son las cosas pequeñas sobre las que gira la vida lo que surte el mayor efecto en nuestra vida.

Sean inteligentes. El Señor desea que eduquen su mente y sus manos. Cualesquiera sea el campo que elijan, ya sea reparando refrigeradores, o el trabajo de un diestro cirujano, deben capacitarse. Procuren la mejor educación posible; conviértanse en obreros de integridad en el mundo que yace adelante. Repito, ustedes traerán honor a la Iglesia y serán  generosamente bendecidos debido a esa capacitación.

No hay duda, ninguna en lo absoluto, de que estudiar vale la pena. No arruinen su vida con atajos, mis queridos jóvenes amigos; si lo hacen, lo pagarán una, y otra y otra vez.

Fragmento del discurso de Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, enero de 2001, pág. 2)

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